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Los hoteles para adultos: un precedente que pasará factura

El mundo del turismo no es ajeno a los cambios constantes que sufre la sociedad y sus hábitos de consumo. Y si hay una época del año en la que estamos muy predispuestos a consumir y a privarnos de poco o nada, son las vacaciones.

En este contexto, la proliferación de según qué tipo de hoteles es cada vez más notoria. La elección entre playa, montaña o ciudad ha dado paso a alojamientos de todo tipo, desde hoteles con encanto o boutique a hoteles especiales para niños, pasando por hoteles que admiten mascotas u hoteles románticos.

Los últimos en asomar la cabeza, y lo han hecho con mucha fuerza y polémica, son los hoteles solo adultos. El concepto es sencillo. Se trata de alojamientos donde no se permite la entrada de niños pequeños o bebés, estableciendo una edad mínima que suele rondar los 10 años. El objetivo es garantizar a los huéspedes una estancia tranquila y exenta de ruidos innecesarios a la par que inevitables.

Una tendencia en auge

Este tipo de hoteles están obteniendo cada vez más notoriedad y aceptación entre ciertos sectores de la población, pero plantea un precedente que sin duda dará que hablar en el futuro. ¿Hasta qué punto es ético discriminar una parte de la población por un motivo, en este caso la edad? ¿Es real esta relación de causalidad?

Las voces contrarias a este tipo de alojamientos esgrimen un argumento convincente, y es que el problema subyace más en la educación de esos hipotéticos niños ruidosos que no en algo tan banal como la edad. Del mismo modo, es evidente que hay adultos capaces de ser muchísima más molestia que niños pequeños o bebés en un lugar como este. Parece mucho más un problema de base al que se pretende buscar una solución cortoplacista, pero que no lo erradica.

De hecho, cada año vemos en la televisión que el público infantil no es precisamente el más violento e incívico, sino el joven que viaja con ganas de fiesta y diversión desenfrenada. Eso sería una medida mucho más lógica, pero que igualmente levantaría suspicacias.

Sin embargo, los hoteleros tienen la ley de su parte, al menos hasta nuevo aviso. Todo el mundo tiene derecho a hacer con su negocio lo que le apetezca dentro de la ley, y en este ámbito hay poco que decir.

Las consecuencias de cara al futuro

El problema se crea por lo que puede venir en los próximos años. ¿Cómo sentaría la discriminación por sexo, orientación sexual o nacionalidad? Y no hace falta hilar tan fino, ya que se puede llegar a discriminar por auténticas estupideces. En la era que hemos descrito hasta el momento, dominada por la sobreespecialización, parece que al final cualquier cosa vale con tal de diferenciarse de la competencia.

Los argumentos que esgrimen afines y contrarios parecen razonables. Es muy lógico que padres trabajadores o personas mayores opten por un hotel en el que, a priori, podrán gozar de una mayor tranquilidad. Mientras que por otro lado, habrá que ver si los hoteleros del futuro siguen esta moda y empiezan a "discriminar" de forma negativa en ámbitos aún más controvertidos.

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