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El espejismo del Amor

Ciertas dosis de ilusiones y de idealización, parecen necesarias para la consecución del amor. Pero, en ocasiones, el exceso de idealización puede ser el responsable de crueles decepciones.

El amor es como una varita mágica, pues crea y recrea, una y mil veces, la vida, la ilusión y la alegría. Pero, como casi con todas las cosas buenas de la vida, en el amor a veces también existe un “pero”, y lo que creemos que es amor, puede que en ocasiones, no sea más que una ilusión, una triste parodia del amor. En realidad, ¿qué es una ilusión? ¿Cómo distinguir el verdadero amor del amor ilusión?
Por ejemplo, tomar el simple deseo físico por amor es una ilusión. Creer que el amor idealizado, es decir puramente sentimental, puede bastar para ser feliz en pareja es también una ilusión.
Uno de los grandes peligros del amor ilusión es el de amar a una imagen que nos hemos creado, y no a la persona real con la que queremos compartir nuestra vida.
El verdadero amor, por el contrario, engaña raramente al que lo posee: busca la felicidad del otro y el mismo que ama es feliz con la felicidad de su pareja. El amor real elimina las ilusiones que nos impiden ver al otro tal como es y en consecuencia, amarlo como tal.
Hay que añadir que la ilusión amorosa no es solamente patrimonio de los jóvenes: alcanza a todas las edades y a todas las clases sociales. A los cuarenta, cincuenta, sesenta años y más, podemos estar aún llenos de ilusiones, sobre todo cuando se trata de un sentimiento tan profundo como es el amor.

La utilidad de las ilusiones.

En el deseo de amar, en la espera del amor, tanto el hombre como la mujer se crean imágenes, que son ya ilusiones. Sin este deseo, sin estas ilusiones previas, quizás no quedaría sitio para el amor. En efecto, pocos seres encuentran el amor de buenas a primeras, sin haber pensado en ello antes. El amor, como la mayoría de los actos de la vida, se ha preparado en el pensamiento, el cual ha creado imágenes, imágenes que se concretarán o se quedarán en simples ilusiones.
Pero, sin esa preparación, sin esa aspiración, sin esa dosis de ilusión ¿estaríamos dispuestos a encontrar al compañero o a la compañera de nuestra vida?

Los peligros de las ilusiones.

En el amor, como en cualquier otra circunstancia, las ilusiones no tendrían que ser más que un punto de partida, un apoyo (bastante frágil en muchas ocasiones) para poner en marcha la voluntad de amar y ser amado.
Es importante recalcar la doble dirección del amor verdadero: amar y ser amado, pues si las ilusiones crean imágenes del amor en una dirección única nos llevarían a una pista falsa, pues el amor no puede tener una dirección única por lo menos en el amor humano. Si alguien desea el amor solamente para sí y olvida que también hay que dar amor, acaba por desilusionarse con el amor y la felicidad. Por otra parte, si nuestra imaginación nos hace concebir el amor como una continua entrega y abnegación hacia la pareja, sin recibir nada del otro, ahí también las ilusiones son peligrosas y seguir esa senda nos llevará al desengaño amoroso. Las experiencias contadas o vividas en el terreno del amor, nos incitan a pensar que la felicidad y el amor tienen, en principio, un punto común: el compartir o, más bien, el intercambiar: sueños, ideas, proyectos, ilusiones, etc.
En el contexto del matrimonio o de una vida en pareja, el éxito depende generalmente de los motivos profundos que estaban en la base de esa unión.
Esos motivos profundos se apoyan en hechos que, en la mayoría de las ocasiones sucedieron durante la infancia o la adolescencia. En ocasiones, esos motivos profundos proceden sencillamente de la observación del comportamiento del entorno, en otras ocasiones existen influencias familiares. Estos hechos, por lo general, son asimilados por la persona de una forma inconsciente y de ellos germinarán las imágenes preliminares de su amor ideal.
Cuando la persona experimenta el deseo de unirse, salen a luz esas imágenes llenas de ilusión, que son el reflejo de sus motivaciones profundas. Si estos motivos profundos permanecen inconscientes, bañados de idealismo, no se verbalizan ni se dan a conocer a la pareja, para poder analizarlos, serán frecuentemente la causa del fracaso del matrimonio.
Muchos matrimonios no se hubieran producido y se hubieran evitado muchas separaciones (o al menos éstas serían mucho menos dramáticas), si las razones íntimas que han llevado a estas personas a un matrimonios fracasado, hubieran sido conocidas por los dos miembros de la pareja.

Una salida previsible.

A veces, en el caso de los jóvenes, los padres suelen presentir el éxito o el fracaso de ese matrimonio. Su propia experiencia les da puntos de referencia que les permiten prever la felicidad de una unión. Pero, es muy raro, en nuestros días, que los hijos sigan los consejos de sus padres, sobre todo en el terreno del amor. Por otra parte, los padres no pueden evitar el tener una pequeña duda sobre su propio juicio, aunque consideren que tienen buenas intenciones y crean que el consejo está justificado. Entonces, en la mayoría de las ocasiones los padres callan (“Alea jacta est”), el matrimonio se lleva a cabo… ¡y que sea lo que Dios quiera!
En los comentarios que hacen los jóvenes, se oye a menudo esta reflexión: “yo no actuaré nunca como mi madre, o como mi padre, o como el señor o la señora X. Sin embargo al cabo de algún tiempo de matrimonio, la joven pareja se ha convertido en una réplica exacta de sus predecesores. Estos jóvenes creían que lo harían mejor, pero han caído probablemente en la trampa de las mismas ilusiones que vivieron sus padres. Los padres quizá sean de esos cuyo amor aumentó y se fortaleció con los años. Esos padres maduraron y consiguieron darse cuenta de las cosas: desecharon las ilusiones, pero supieron conservar su amor. Este hecho pasó inadvertido a los hijos que confundieron la ausencia de los fuegos de artificio y la pasión del amor inicial con el amor verdadero.
Para que su unión persista e incluso se refuerce, será necesario que los jóvenes casados maduren también. Tendrán que distinguir entre ilusiones y realidad. Deberán reforzar su amor, no acordándose de los cuentos de hadas, sino mirando la realidad de frente. Esto quiere decir trabajar, madrugar, pagar el alojamiento, fregar los platos, privarse de salidas, si el presupuesto es apretado, respetar al otro y no enfadarse cuando él o ella no tengan ganas de cumplir con el deber conyugal y el otro sí que lo desea. Por otra parte, muchas veces las parejas encuentran fuentes de alegría en todos estos gestos de la vida cotidiana. Hacer revisiones periódicas del comportamiento, los hábitos y las actividades diarias puede ser muy útil, pues ayuda a ambos a ver al otro tal como es y a aprender a amarlo en su integridad, es decir con sus cualidades y sus defectos y no como la imagen idealizada forjada en los primeros encuentros.

Los comportamientos con tendencia neurótica.

A parte de los casos de ilusión y de comportamientos amorosos que podemos clasificar como “naturales”, las ilusiones amorosas conducen a veces a comportamientos considerados neuróticos.
Estos comportamientos suelen ser el resultado de una infancia o una adolescencia superprotegida, difícil, o simplemente mal aceptada, porque los hechos que se produjeron en el medio familiar se quedaron grabados, dejando una barrera difícil de superar.
También hay casos donde el ambiente familiar es claramente desfavorable para la manifestación de sentimientos de afecto, impidiendo así, más tarde, el nacimiento de sentimientos amorosos “normales”. Estos ambientes desfavorables se encuentran en todas las escalas de la sociedad. Las discusiones paternas, las separaciones, el alcoholismo de alguno de los padres, la deficiencia mental, la falta de alimentación, en definitiva, todo lo que signifique la falta de amor hacia el niño, serán factores que influirán negativamente en la vida afectiva de éste.

La inmadurez afectiva.

Nos encontramos, pues, en algunos casos, ante personas que no alcanzan la madurez afectiva suficiente para permitirles llevar una vida de pareja normal. Se quedaron bloqueados por los acontecimientos acaecidos en su infancia y creen que el cónyuge asumirá el papel de sus padres. Estas personas inmaduras, en realidad no buscan una pareja, sino otra persona que sustituya y mejore a sus padres.
En otros casos vemos a personas que buscan compensar la falta de afecto sufrida durante la infancia, refugiándose en el matrimonio, haciéndose así la ilusión de que todo marchara mejor. Están buscando compensar la falta de seguridad y cariño, vivida siendo niños, con un hogar acogedor y protector que les hará olvidar sus carencias.

La utilización del otro.

Se encuentran también parejas en las que uno de sus miembros tiene tendencia a utilizar al otro para su satisfacción personal. En realidad, la pareja es considerada y usada como un objeto, sobre todo como medio de satisfacción sexual. Otra dificultad que puede presentarse en la relación amorosa es la ilusión que confunde el deseo sexual con el amor. Esta clase de ilusión es reforzada, en muchas ocasiones, por el contexto social que alaba el amor sexual y desdeña el amor sentimental. Sin embargo, en una unión feliz, el amor sentimiento y el amor físico se complementan y se equilibran armónicamente.
Hay otros casos de amores neuróticos que, lógicamente no se pueden clasificar en el ámbito de la ilusión amorosa propiamente dicha. Algunas formas de deseos sexuales aberrantes o de perturbaciones mentales repercuten en el amor de la pareja y necesitan de la ayuda de profesionales experimentados.

El amor en los tiempos del cólera.

Usando el título de la célebre novela de Gabriel García Márquez a modo de excusa, podríamos a veces, tener la tendencia a creer que nuestra época es más “cruel” para las parejas que las épocas precedentes. Sin embargo, por lejos que nos remontemos en la historia, parece que siempre ha sido “difícil amar”. Los “Florentinos y Ferminas” de hoy en día no se enfrentan a la plaga del cólera, sino a la difusión de conocimientos y a los medios de comunicación de nuestra sociedad tecnológica, que permiten al hombre y a la mujer modernos, acceder a fuentes de información, globales e instantáneas. En consecuencia, tienen también la posibilidad de sacar a la luz los hechos y comportamientos de todos y cada uno, buenos o malos. Esto nos pone en contacto, diariamente, con puntos de vista, sentimientos, sucesos y conductas que antes se habían ignorado, pero que existían igualmente.
Esta exposición “en carne viva” de la verdad global que Internet nos ofrece, puede a veces hacer mucho daño, sobre todo, si no somos capaces de relativizar los sucesos que a diario nos sacuden. Pero por otro lado, esta “crudeza” de la realidad debería ayudarnos a tener una visión real de las cosas y desconfiar de nuestras ilusiones.
En resumen, podemos decir que las ilusiones, (ese fogonazo mágico del enamoramiento), son necesarias e imprescindibles para iniciar una relación, pero para que ésta llegue a buen puerto, la pareja debe aprender a rebajar el nivel de sus ilusiones y aprender a aceptar al “otro” tal y como es y no cómo nos gustaría que fuera.

Autor: Gerardo Castaño Recuero – Nuestro Psicólogo en Madrid

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