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El Amor Perdido

El aburrimiento en la pareja. Numerosas parejas descubren, tras varios años de vida en común, qué su relación se ha ido sumergiendo en la rutina y el aburrimiento. ¿Qué síntomas presentan aquellos y aquellas a quienes invade la nostalgia del amor pasado? ¿Se puede curar ese mal, a menudo repentino y profundo?
El inicio de una relación amorosa es un momento tan intenso y tan bello que todos aquellos que lo han vivido lo recuerdan con nostalgia. ¡Qué encantador era el otro entonces! ¡Qué placer tan grande el estar con él! ¿Qué es lo que ha sucedido? ¿Por qué se ha vuelto tan sombría la vida conyugal?
Para un buen número de parejas, la vuelta a la realidad representa un choque brutal del que cuesta recuperarse, puesto que el amor, en su estado inicial, el enamoramiento de la primera fase de una relación amorosa, implica siempre una idealización del otro y de la relación que tenemos con él. Esto es algo, sin duda, necesario para que dos personas quieran ir más lejos en su descubrimiento mutuo. Pero el desencanto ha de sobrevenir inevitablemente cuando el tiempo empiece a empañar la imagen idealizada del otro.
No obstante, esto no lo explica todo. Es cierto que se da el caso de parejas que también experimentan un sentimiento parecido, incluso cuando su unión reposa sobre una elección muy madurada tras haber vivido sin problemas los primeros años de una convivencia, muchas veces difícil. ¿A dónde han ido a parar la pasión y el entusiasmo del amor de antaño? ¿Qué queda de aquella emoción de vivir juntos?

La señales de peligro.

Las discusiones interminables, las peleas que acaban con un portazo, las infidelidades, más o menos ocultas, son signos que todos sabemos interpretar. En tales circunstancias, nadie tendrá dificultad en darse cuenta de que la unión empieza a verse seriamente amenazada.
Sin embargo, hay muchas uniones amenazadas en las que nadie levanta la voz ni arma escándalo. Los malestares afectivos se manifiestan de diferentes maneras, ya que cada persona tiene un modo particular de expresarse. Así, algunas personas empiezan a beber en exceso cuando se sienten desgraciadas, otras compran sin ton ni son y otros se sumergen en una actividad social o laboral desmesurada con el fin de huir de su malestar. Estas actividades son a menudo síntomas de un problema importante en la relación de pareja. Pero ¡cuidado! si no se solucionan los problemas de fondo, hablando abiertamente sobre ellos, los síntomas podrían pasar a convertirse en nuevos problemas que se añadirían a los primeros. Con el alcoholismo, por ejemplo, se corre el riesgo de comprometer de modo irremediable la relación de pareja.
A estos síntomas más o menos evidentes, hay que añadir los que con mucha frecuencia pasan totalmente desapercibidos: un nerviosismo fuera de lo normal, una insatisfacción mal definida y que, sin embargo, parece que uno no logra colmar con nada, un profundo aburrimiento, una irritación sin fundamento aparente y enfados totalmente desproporcionados con respecto a los motivos que los han provocado. Se ha de observar, asimismo, dentro del mismo tipo de comportamiento, las manifestaciones de agresividad aparentemente suscitadas por tal o cual defecto (siempre el mismo) y, finalmente, el peor síntoma de todos, esto es, cierto alejamiento afectivo acompañado de desinterés total por las relaciones sexuales.
Todos estos síntomas son indicios, pero no se sabe nunca si lo que anuncian es un malestar benigno o grave. La mayoría de la gente reconoce que la vida tiene altos y bajos, que no existe el amor perfecto y que hay que aceptar que la vida de pareja no siempre es excitante. Sin embargo, dicen que cuando el río suena, agua lleva…

Fracaso de la revolución.

¿Por qué era tan extraordinario el amor inicial? Porque la vida se abría ante uno, porque con aquella persona al lado todo era posible. Con ella, nuestra vida iba a cambiar. Hoy, al contrario de entonces, todo parece anquilosado, inmóvil. Con mucha frecuencia lo cotidiano llega a ahogar las revoluciones. Las costumbres y los rituales inventados entre los dos, al principio de la relación, se han convertido en rutina, por pereza, por comodidad, por una falta de fantasía, por miedo a correr riesgos. Ahora bien, lo que está claro es que la rutina lleva inevitablemente al aburrimiento.
¡Qué agradables fueron los momentos pasados juntos! Había tanto de qué hablar, tantas actividades interesantes a que dedicarse, se descubrían tantas cosas… Hoy hablamos de los vecinos, de las comidas o de los programas de la televisión. La inmensa mayoría de las personas pasan con su cónyuge más tiempo que con cualquier otra persona. Pero ¿cuál es la calidad de los momentos pasados juntos? Hay un autor especializado sobre el tema que señala que, por término medio, las parejas dedican menos de 30 minutos a la semana a hablar de ellos mismos, de su relación o de las cosas que les preocupan en la vida. No obstante, se da el caso de ciertas parejas que son muy felices y están muy unidas a pesar de verse poco, al tener cada uno actividades que las requieren fuera del hogar. La cantidad de tiempo pasado juntos cuenta mucho menos que la calidad de éste.

Fracaso en lo inesperado.

¡Qué fascinante era la otra persona durante los primeros tiempos de nuestro amor! Desbordaba vitalidad haciéndonos pensar con frecuencia en un soberbio animal salvaje. ¿Qué ha sucedido? ¿Ha renunciado a sus amistades para consagrarnos más tiempo? ¿Ha abandonado aquella actividad que no quisimos compartir? ¿Ha reducido su ambición profesional porque pensábamos que le quitaba demasiado tiempo?
La fuerza, la energía arrebatadora, lo imprevisible, todo ello asusta. La persona un poco cerrada en sí misma, que sufre de inseguridad, que siente temor ante lo desconocido, intenta siempre establecer cierto control sobre los acontecimientos y las gentes de su entorno. Ahora bien, resulta mucho más fácil de controlar la persona cuyo comportamiento es previsible. Así, pues, una persona enamorada renuncia gustosa a todas sus excentricidades, a todos los aspectos imprevisibles de su personalidad, simplemente por dar gusto al ser amado. Paradójicamente, el cónyuge que impuso el cambio termina por no encontrar en el otro lo que en un principio hizo que se enamorara, llegando incluso a pensar que se ha vuelto aburrido.

Fracaso de la individualidad.

Nunca dejamos de constatar con sorpresa hasta qué punto la mirada de alguien que nos quiere bien nos ayuda a descubrir nuestras propias riquezas, hasta qué punto el hecho de contrastar pareceres nos ayuda a superar nuestros bloqueos psicológicos y a progresar. Al principio de una relación, nos sentimos tan bien con el otro, tan fuertes, que nos parece que podríamos levantar montañas, y que todo es posible al lado de la persona amada.
Pero, ¿por qué unos años más tarde tenemos a veces la impresión de que la vida se nos escapa? ¿Qué es lo que hemos abandonado en el camino? Posiblemente, gustos, ideas, deseos. ¿Hemos intentado modelar nuestra personalidad con respecto a una imagen de lo que pensamos debe ser el compañero o compañera ideal? ¿Tan a menudo hemos abdicado para evitar conflictos, para asegurar la felicidad de la pareja o de la familia, que hemos llegado a perder conciencia de nuestra propia identidad? ¿Tenemos la impresión de no vivir sino en función de los demás?
Cuando se llega a creer que la paz en la vida conyugal es más importante que el desarrollo personal, es que se ha olvidado que la pareja no es un organismo que funciona solo. La pareja se alimenta de los que la componen y si uno de ellos se atrofia, la relación se verá desequilibrada. Lo cierto es que, aun cuando sea extremadamente difícil el que dos personas logren conciliar sus caminos personales, se trata de un desafío al que inevitablemente se enfrenta la vida conyugal.

Jaque mate.

Lamentablemente, muchas parejas fracasan ante este desafío. Los cónyuges evolucionan a ritmos diferentes, en direcciones a veces incompatibles, y la distancia entre ellos no deja de acrecentarse.
Nadie sabe exactamente en qué momento se traspasar el umbral sin retorno. La revuelta interior, la desesperación, pueden quedar enmascaradas por la ternura, la piedad o la ilusión de que las cosas van a arreglarse.
A menudo, aquellas cosas a las que una persona ha renunciado “por amor”, tales como unos estudios o el hecho de tener un hijo, vuelven a cobrar a sus ojos una nueva importancia. Ya no se trata de un simple deseo, sino de algo que se siente como una necesidad esencial. Ahora bien, se puede dar perfectamente el caso de que el otro siga oponiéndose a ese proyecto.
En estas condiciones, un cónyuge que niega la existencia de una necesidad que el otro percibe como esencial, o que no la acepta, se convierte en seguida en un obstáculo que hay que vencer. Representa la prisión en la que uno se ahoga. Su incomprensión se hace insoportable, no se le puede perdonar su egoísmo y el amor termina por apagarse.

La causa real.

Los especialistas de las relaciones humanas y los profesionales que trabajan en este tema lo constatan unánimemente: las parejas divididas sufren siempre de una falta de diálogo o de una comunicación viciada por la paradoja y el malentendido.
En dos países diferentes y con algunos años del intervalo se llevaron a cabo investigaciones sociológicas que analizaron diversos factores ligados a la satisfacción de la mujer en el matrimonio (la educación, la profesión, el nivel de renta, número de hijos, igualdad con respecto a las decisiones tomadas por la pareja). Estos estudios demostraron que la calidad de la comunicación en la pareja es la variable que influye más en el índice de satisfacción. Aparece, por tanto, como la llave del éxito de una unión duradera.
Lo cierto es que aquellos que han dejado que el aburrimiento se instale en su vida de pareja, aquellos que han ahogado los impulsos del otro por miedo a no poder seguirlos, aquellos que han sacrificado su personalidad al “altar de la pareja”, aquellos que han renunciado a sus deseos más profundos, todos ellos, han pasado por alto la comunicación, precisamente cuando ésta era absolutamente esencial.

La palabra.

Tras la euforia del inicio de las relaciones amorosas comienza el desafío del amor. Y es ahí en donde interviene la voluntad.
Después de algún tiempo, creemos que ya conocemos al otro y que no nos queda nada por descubrir. Hemos aprendido que tal o cual tema termina, infaliblemente, por irritarle. A menudo, pues, preferimos conservar la paz y callarnos. Poco a poco, vamos interiorizando una fuerte reticencia a expresarnos, a pesar de la confianza total que se supone que tenemos con nuestra pareja. De hecho, todo puede servir de pretexto para limitar el diálogo: no es el lugar, los niños, no tenemos tiempo ahora...
Asimismo, el temor a que nos juzguen o nos malinterpreten impide a menudo la expresión de un sentimiento o de un malestar. Otras veces, la misma dificultad para identificar nuestros propios sentimientos hace inútil toda tentativa de expresión: “No sé qué decir, no me comprendo”. Y, sin embargo, la palabra es mágica, pues es diciendo palabras como las palabras vienen a nosotros. Al expresar nuestras emociones las sacamos fuera de nosotros mismos, y es entonces cuando mejor las podemos ver y verificar su profundidad y su importancia.
La vida en común supone esfuerzos, pero sobre todo una voluntad decidida de comunicar. No existe una receta fácil o infalible, pero si el esfuerzo necesario para la comunicación excede a los medios de que disponen los cónyuges, puede ser útil acudir a un profesional que acompañe la pareja en un trayecto de su recorrido.

¡El diálogo es cosa de dos!

¡Claro que es una verdad de Perogrullo! Y, sin embargo, quienes afirman que no consiguen establecer una comunicación con su pareja, suelen ser a menudo los mismos que han refinado el arte de “dialogar solos”, es decir, de hablar sin escuchar al otro.
Ahora bien, el diálogo ha sido desde siempre un intercambio, tanto en las relaciones humanas como en el mundo de la política o del comercio. Este intercambio, para que no se rompa y sirva para algo, ha de satisfacer a las dos partes, ha de ser justo. Por otro lado, hay encuestas que revelan que la comunicación es más satisfactoria en el caso de las parejas en las que existe una igualdad a la hora de tomar decisiones, que en el caso de aquellas en que uno de los cónyuges detenta toda la autoridad. En resumen, el intercambio sólo se concretiza de un modo duradero cuando las dos partes tienen los mismos derechos y obligaciones.

El intercambio sexual.

Cuando la vida sexual de una pareja se vuelve banal o aburrida se debe a que la llama amorosa, expuesta a los vientos del deterioro o a la inexistencia de un diálogo real entre los dos, se está apagando poco. Víctimas de la ilusión, hay parejas que multiplican entonces sus relaciones sexuales, como si la simple frecuencia de las relaciones fuera a reanimar el fuego de su pasión amorosa.
La expresión sexual es total, pues emana del corazón, del cuerpo y del espíritu al mismo tiempo. Nos sirve así de barómetro para medir la relación global de la pareja. Si la vida sexual de una pareja se deteriora, será preciso cuestionarse sobre todo los aspectos de la relación de los cónyuges. Muy frecuentemente se descubre entonces que la solución al problema sexual pasa por una redefinición de los papeles y actitudes de las dos partes. No obstante, también se da el caso de parejas en las que la vida amorosa marcha globalmente bien y que, sin embargo, ven con pena como su vida sexual se va volviendo monótona y aburrida, falta de alicientes. En estos últimos casos, el contexto determina con mucha frecuencia la calidad de las relaciones sexuales. Por ejemplo, se ha de considerar si el temor de despertar a los niños o el hecho de no poder hacer el amor cuando nos gustaría, son situaciones que están matando el placer. De ser éste el caso, será preciso mostrar una gran fuerza de voluntad y una gran imaginación para darse la intimidad y obsequiarse con las ocasiones de placer al que toda pareja tiene derecho.
Pero, ¿y si lo que falta en esas relaciones es la exploración, el descubrimiento, lo inédito? En ese caso, habría que hablar de los fantasmas de cada uno, de las cosas que siempre hemos deseado, pero que nunca nos hemos atrevido a expresar. De nuevo, la comunicación, la palabra, juega un papel primordial. Y, después de todo, ¿no es mucho más sencillo hablar que mantener una situación incómoda?

Autor: Gerardo Castaño Recuero – Nuestro Psicólogo en Madrid

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